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Europa redescubre el campo... cuando el agricultor ya está al límite

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Europa vuelve a mirar al campo. Lo hace, como casi siempre, cuando la realidad aprieta. Según recoge un reciente contenido publicado por El Mundo (UEStudio), la agricultura se posiciona de nuevo como un sector estratégico, imprescindible para garantizar el suministro alimentario, la estabilidad económica y la autonomía del continente en un escenario global cada vez más incierto.

La idea no es nueva, pero sí el contexto. Guerra en Ucrania, tensiones comerciales, dependencia exterior y presión climática han puesto sobre la mesa algo que el agricultor lleva años diciendo: sin producción propia, Europa es vulnerable. El problema es que este reconocimiento llega tarde y, de momento, se queda en el plano del discurso.

Porque mientras en Bruselas se habla de sostenibilidad, resiliencia y digitalización, en el campo —y especialmente en el sureste español— la realidad es mucho más cruda.

El agricultor europeo, y en particular el almeriense, lleva años adaptándose a ese modelo que ahora se presenta como futuro. Ha reducido el uso de fitosanitarios, ha apostado por el control biológico, ha optimizado el agua hasta límites que ya son referencia mundial y ha incorporado tecnología en sus explotaciones sin apenas red de seguridad. Lo ha hecho empujado por el mercado, por la distribución y por la normativa. No por convicción política, sino por supervivencia.

Sin embargo, ese esfuerzo no ha venido acompañado de una mejora en la rentabilidad. Más bien al contrario.

Los costes de producción no han dejado de crecer: energía, insumos, mano de obra, financiación. A esto se suma una presión normativa cada vez mayor y una burocracia que asfixia al productor. Pero el verdadero cuello de botella está en el precio. La cadena alimentaria sigue desequilibrada y el agricultor continúa siendo el eslabón más débil, obligado a producir más, mejor y más barato.

En paralelo, Europa firma acuerdos comerciales que permiten la entrada de producto de terceros países con condiciones muy diferentes. Menos exigencias, menores costes y, en muchos casos, estándares que no serían aceptables dentro del propio territorio comunitario. La consecuencia es evidente: competir en desigualdad.

Y aquí aparece la gran contradicción europea.

Se reconoce que la agricultura es estratégica, pero se aplican políticas que debilitan al productor local. Se exige sostenibilidad, pero se tolera la competencia desleal. Se habla de soberanía alimentaria, pero se facilita la dependencia exterior.

En provincias como Almería, donde la agricultura intensiva es un pilar económico y social, este desequilibrio no es una teoría, es una amenaza real. El modelo almeriense ha demostrado ser eficiente, innovador y altamente productivo. Es, probablemente, uno de los sistemas agrícolas más avanzados de Europa. Pero también es uno de los más expuestos.

Porque cuando los márgenes desaparecen, no hay innovación que lo sostenga.

El riesgo ya no es una cuestión de competitividad, sino de continuidad. Si el agricultor deja de ser rentable, deja de producir. Y si Europa deja de producir, deja de decidir.

El debate, por tanto, no es técnico, es político. No se trata solo de cómo producir mejor, sino de si realmente se quiere seguir produciendo en Europa.

El campo no necesita más diagnósticos. Necesita coherencia. Necesita que el discurso estratégico se traduzca en medidas concretas: equilibrio en la cadena de valor, reciprocidad en los acuerdos comerciales, apoyo real a la inversión y, sobre todo, precios que permitan vivir de la tierra.

Porque el agricultor ya ha hecho su parte. Lleva años haciéndola.

Ahora le toca a Europa decidir si quiere acompañarlo… o sustituirlo.

 

FUENTE EL MUNDO

https://www.elmundo.es/uestudio/2026/03/17/69b91b2efc6c83613a8b457a.html

Contenido elaborado por PROYECTO IGUALDAD DE MERCADO (ASPROCAN)

 

 

21/03/2026 -

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